El mundo está de acuerdo en un futuro mejor … pero no en cómo llegar a él

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Por Roberto Bissio

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Las Naciones Unidas acordaron el 2 de agosto en Nueva York la nueva agenda de desarrollo sostenible como la guía para sus políticas mundiales, regionales y nacionales en los próximos quince años.

En el centro de este nuevo consenso global, los diecisiete objetivos de desarrollo sostenible (ODS) detallan una visión de un futuro mejor donde se erradicará la pobreza en todo el mundo, se reducirán sustancialmente la desigualdad dentro y entre países, y se transformarán los actuales e insostenibles patrones de consumo y producción.

Al contrario de la “Declaración del Milenio” del año 2000 y los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) que se derivan de ella, esta nueva estrategia es el resultado de un debate abierto y transparente con la participación sin precedentes de la sociedad civil. En lugar de resumir el “mínimo común denominador” de muchas resoluciones de consenso, el documento que aprobaron los jefes de Estado y de gobiernos el 25 de setiembre aumenta el nivel de ambición. En lugar de centrarse exclusivamente en el logro de los estándares sociales mínimos en los países más pobres, los ODS son ahora “universales”. Ningún país puede considerar que se desarrolló de manera sostenible y se le pedirá a todos los gobiernos que informen sobre cómo están realizando sus políticas a nivel nacional e impactando en el exterior.

Es un comienzo prometedor, pero el vaso sigue estando solo medio lleno. En la tercera Conferencia Internacional sobre Financiación para el Desarrollo, en julio pasado en Addis Abeba, los mismos gobiernos que acordaron elevar el nivel de las expectativas no pudieron generar medios creíbles para implementar estos resultados más allá de la esperanza de que la inversión privada va a trabajar para el bien común.

Además, los detalles de cómo exactamente se va a medir el progreso solo comenzará a discutirse en marzo próximo. Los países han acordado, por ejemplo, la mejora de los servicios sociales esenciales en todas partes, pero el indicador propuesto para ese objetivo mide el porcentaje de mujeres que tienen que caminar más de quince minutos para conseguir agua potable para sus familias. Si éste termina siendo el único criterio, muchos gobiernos que todavía están lejos de garantizar el acceso universal a los servicios se quedarán fuera del anzuelo.

A la vuelta del Milenio, la atmósfera de optimismo al final de la Guerra Fría y la confianza en que la globalización iba a “levantar todos los barcos” llevaron a la creencia de que la privación extrema podría superarse sin ningún cambio importante en la gobernanza económica mundial. Ahora, después de dos décadas de aumento de las desigualdades y de haber alcanzado o superado muchos de los límites planetarios identificados por la ciencia, es muy difícil sostener que los ODS se pueden lograr sin afectar algunos privilegios de los ricos y poderosos. Y esto no va a suceder sin lucha social y política. La buena noticia es que el consenso mundial emergente no está más del lado de las plutocracias.

Por Roberto Bissio
Coordinador de Social Watch, representante TWN en América Latina.
rbissio en Twitter
socialwatch.org