ODS 15. Treinta años buscando el oro de la biodiversidad: ¿la historia vuelve a repetirse?

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Por Jessica Dempsey
Universidad de Columbia Británica

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La financiación de la conservación, los fondos de capital privado, los bonos de tierras y bosques tropicales: todos intentan “liberar” los supuestos billones de dólares que están esperando para financiar la agenda ambiental mundial.1 Un informe reciente de Credit Suisse, World Wildlife Fund y McKinsey afirma que la conservación podría generar toda la financiación necesaria para conservar la biodiversidad en todo el mundo si los principales segmentos de inversionistas, incluidos los particulares con un elevado patrimonio neto, los inversionistas minoristas e institucionales, asignaran solo “el 1% de su capital nuevo y reinvertido a la conservación”.2 Es decir, se afirma que el equivalente de un pequeño escupitajo en una gran bañera podría salvarnos a todos de la degradación de los ecosistemas.

Aunque seductor, el último cuarto de siglo de esfuerzos internacionales de conservación está plagado de emocionantes promesas de generar beneficios financieros a partir de la conservación. Pero estas promesas nunca parecen materializarse a ninguna escala, a pesar de venir seguidas de otra serie de emocionantes promesas: enjuague y repita.

El oro genético

Volviendo por lo menos 30 años atrás, la primera promesa es la del “oro genético”. Este sueño tal vez se articule mejor dentro de Nuestro Futuro Común de 1987, el cual, durante la entonces emergente revolución biotecnológica, vio los vastos recursos genéticos de los trópicos como una fuente casi ilimitada de riqueza que podría financiar la conservación de la biodiversidad. El famoso informe predijo que el valor económico de los recursos genéticos “es suficiente para justificar la preservación de las especies”.3 Lo que significa que el incentivo para vender la información genética de los bosques tropicales a las empresas farmacéuticas y agrícolas superaría el valor de otras oportunidades, por ejemplo, la madera o la tierra para la agricultura. Estos sueños de una financiación en la que todos ganan —con resultados positivos en materia de medio ambiente, desarrollo y beneficios— también se incorporaron al Convenio sobre la Diversidad Biológica, ratificado en 1992.

El entusiasmo por la bioprospección como fuente de ingresos para la conservación en los trópicos tal vez alcanzó su punto álgido en 1991, cuando el gigante farmacéutico Merck firmó un acuerdo de 10 años por valor de 1,3 millones de USD con el Instituto Nacional de Biodiversidad de Costa Rica (INBio). Sin embargo, a pesar del INBio, la bioprospección ha fracasado en gran medida en el cumplimiento de sus promesas, tanto de ganancias como de conservación.4 Y una evaluación en 2012 constató que solo generó 50 millones de USD para la conservación.5

A pesar de que muchos apostaron por la promesa de la bioprospección en las negociaciones del Convenio sobre la Diversidad Biológica a finales de la década de los 80 y principios de los 90, el jefe científico de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), Jeffrey McNeely, y otros, como el ex director de la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio, Walter Reid, se percataron de lo evidente argumentando a favor de incluir el cálculo de los valores económicos indirectos de la biodiversidad.6 Estos valores indirectos hacen alusión al funcionamiento y a los servicios ecosistémicos, es decir, servicios que, al calcularlos, “pueden superar con creces los valores directos”, como los recursos genéticos. Estos podrían incluir servicios de secuestro de carbono y purificación de agua.

El oro REDD+

Y rápidamente, siguiendo los pasos del “oro genético”, vino el oro REDD+, que prometía que la venta del secuestro de carbono generaría ingresos para salvar los bosques tropicales (y muchos otros ecosistemas). El punto culminante de esta promesa sea quizás la revisión Eliasch 2008, encargada por el Reino Unido. Publicada justo antes de la conferencia de Copenhague sobre el clima (COP 15), esta revisión sugería que la inclusión de REDD en un sistema de comercio de carbono bien diseñado podría proporcionar la financiación y los incentivos necesarios para reducir las tasas de deforestación hasta en un 75 por ciento antes de 2030. Uno de los escenarios modelados por la revisión predijo que los mercados de carbono podrían generar 7.000 millones de USD hasta 2020.7 El informe más reciente sobre el Mercado Ecosistémico titulado “El Estado del Mercado de Carbono Forestal” afirma que el mercado de reducción de emisiones basado en los bosques alcanzó su punto álgido en 2014, con un valor de 257 millones de USD, y un mísero valor mínimo de 120 millones de USD en 2016.8 Parece que alcanzamos la cifra máxima del mercado de carbono forestal antes que la del petróleo o similar.9

Parece ser que REDD ha muerto, aunque continúa en forma de zombi: ahora resulta que se apuesta por la inclusión de las compensaciones de carbono forestal en el esquema de reducción de emisiones de la industria de la aviación, proclamando las maravillas de las nuevas tecnologías financieras como el blockchain. REDD no morirá por completo, sino que permanecerá en un estado de promesa constante, siempre aguardando a la vuelta de la esquina.

El oro de la financiación de la conservación

Hoy estamos viviendo otra fase de promesas, esta vez centrada en las instituciones y los mecanismos financieros: desde bonos hasta capital privado, todos prometen ahora resolver el gran fracaso de los gobiernos.

Sin embargo, la evidencia muestra un panorama sombrío. Si bien existen dificultades para evaluar toda esta área, muy fragmentada y a menudo también en manos privadas, mis propias investigaciones y las de otros autores muestran que estos flujos de capital son minúsculos en relación con la magnitud de los problemas, e infinitesimales en el mundo de los flujos de capital en general.10 Como concluyeron recientemente los científicos del CIFOR, “esperar que este déficit [en la financiación de los ODS, incluyendo la conservación de la biodiversidad] sea asumido por el sector privado o por cualquier otro sector es presumiblemente erróneo y representa claramente la disparidad actual entre las ambiciones declaradas y la realidad”.11 Hasta ahora, el sector de la financiación de la conservación que genera ingresos (es decir, con ánimo de lucro) se enfrenta a serios desafíos que están creciendo, algo que ya reconoce el propio sector. Como concluye la Conservation Finance Alliance, “la inmensa mayoría del sector financiero aún no ha mostrado interés en la conservación de la biodiversidad”.12 O, como afirman claramente NatureVest y sus coautores, la inversión en conservación es mucho “menos competitiva en comparación con otras oportunidades de mercado”.13

En su mayor parte, el capital movilizado es de un tipo particular, puesto a disposición por inversionistas a los que no les importa la baja liquidez (los activos que se pueden comprar y vender rápidamente son líquidos) y que están dispuestos a aceptar un bajo o nulo rendimiento además de un alto riesgo, condiciones desfavorables para la mayoría de los inversionistas.14 Y para realizar inversiones de bajo rendimiento y alto riesgo, toda la empresa depende del despliegue de capital público y caritativo para “disminuir el riesgo” de la inversión (conocido como capital mixto).

Además, la distribución geográfica global de la financiación de la biodiversidad, tanto pública como privada, es desigual. Un informe concluye que Estados Unidos, Canadá, Europa y China “generan y reciben la mayor parte de la financiación mundial para la biodiversidad”.15 El Sur Global, por otro lado, recibe mucha menos financiación para la biodiversidad: África recibe el 6 por ciento, América Latina y el Caribe, el 6 por ciento, y Asia (sin incluir a China), el 7 por ciento de la financiación global de la biodiversidad. De manera similar, un estudio más reciente sobre la inversión privada en la conservación halló que el 92 por ciento de la inversión privada objeto del estudio procedía de inversionistas con sede en Estados Unidos y que, en las tres áreas de inversión en conservación analizadas (materias primas verdes, hábitat y agua), Canadá y Estados Unidos recibieron el 82 por ciento de la financiación.16

De la búsqueda de oro a la búsqueda de justicia

Dada la escasez de voluntad política, el capital privado y la innovación financiera también se presentan como el enfoque plausible y pragmático para resolver los problemas ambientales persistentes y las desigualdades de riqueza. Sin embargo, sugiero que entendamos por “oro de la financiación de la conservación” el intento más reciente de lograr resultados ambientales y sociales positivos que generan beneficios, el último esfuerzo en más de un cuarto de siglo.

Y parece que la historia se repite. En su reunión de 2018 en Davos, el Foro Económico Mundial publicó un informe en el que se hace un llamamiento a la 4.ª Revolución Industrial, una revolución impulsada por las nuevas capacidades científicas y tecnológicas que, según el documento, “permitirá a la sociedad realizar todo el valor de la naturaleza y catalizará una nueva bioeconomía inclusiva” —inclusiva para los seres humanos y los seres vivos de la Tierra.17 Lo que se ofrece en ese informe suena sumamente similar a lo que aparece en el informe de 1987 Nuestro Futuro Común.

Otro día más, otra revolución bioeconómica o financiera verde, la llamada “revolución” que siempre está a la vuelta de la esquina: “vender la naturaleza para salvarla” es siempre promisorio, siempre inalcanzable, genera una gran nube de expectación que proyecta el crecimiento exponencial y la transformación político-económica, a menudo tambaleantes incluso en sus propios términos.18 Depositar nuestras esperanzas en este planteamiento es lo mismo que meter la cabeza en la arena mientras cruzamos los dedos esperando buena suerte, lo que dista mucho de ser pragmático y plausible.

¿Cuál es el otro camino? Durante décadas, los activistas y académicos críticos del desarrollo ambiental han visto el denominado “subdesarrollo” y la degradación ecológica como un problema generado por las continuas relaciones imperiales y coloniales: los países y los particulares más ricos han acumulado su vasto patrimonio mediante la extracción de recursos (y la eliminación de residuos) más allá de sus fronteras durante cientos de años. Esta conceptualización del problema sugiere que debemos hacer algo más que “liberar” el capital privado; sugiere la redistribución, los pagos por deuda ecológica. El concepto de deuda ecológica pretende mostrar cómo el valor acumulado en el Norte Global ha dependido inextricablemente de la devaluación en el Sur Global. Se trata intrínsecamente de vincular lugares distantes y rectificar las desigualdades geográficas históricas acumuladas.19 En lugar de promover una especie de teoría del desarrollo económico “verde” de lenta propagación, los pagos por deuda ecológica se basan en la redistribución y las reparaciones.

¿Apoyaría el mundo de la conservación los pagos por deuda ecológica? Por tanto, los pagos a quienes conservan la diversidad biológica no serían por los “servicios ecológicos” ofrecidos, sino más bien por la deuda en la que han incurrido al ocupar un espacio desproporcionado del patrimonio mundial. ¿Cómo podrían pagarse esa deuda? En un libro publicado recientemente, Ashley Dawson sugiere de forma provocativa que los pagos podrían efectuarse a través de un ingreso suplementario garantizado para los habitantes de las naciones con las que se tiene una “deuda de biodiversidad”. Si bien esto seguramente resulta controvertido, Dawson argumenta que dicho ingreso no debería abonarse a través del estado, sino más bien a la gente directamente, dado que un gran número de gobiernos son víctima de los intereses de extracción de recursos. Dawson sostiene que tales reembolsos directos de la deuda “otorgarían a los pueblos indígenas y a los habitantes de los bosques, que hacen de estas zonas de rica biodiversidad su hogar, el poder económico y político para presionar a sus gobiernos a implementar medidas de conservación significativas”.20 ¿Podrían las organizaciones de conservación y los poseedores de capital facilitar no el desarrollo de albergues turísticos que compiten entre sí y obtienen un beneficio, sino más bien apoyar un sindicato o movimiento internacional de “trabajadores conservacionistas” que puedan exigir colectivamente pagos más altos por la deuda ecológica?

Estas ideas no constituyen ninguna fórmula mágica, un santo grial, ni una cura milagrosa. No existe tal cosa. Pero vivimos en un tiempo desesperado de innumerables tragedias humanas y no humanas, en un planeta menos vivo, menos diverso bioculturalmente cada año, una tierra, como escribe Donna Haraway, “llena de refugiados, humanos y no humanos, sin refugio”.21 Tal tragedia es un problema totalmente político que requiere una solución política, lo que sugiere que es mejor dedicar nuestro tiempo y energía a la construcción de movimientos poderosos e infraestructuras organizativas que puedan movilizar el capital y los estados hacia una dirección menos extractiva.

Bibliografía

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Jessica Dempsey es profesora adjunta del Departamento de Geografía de la Universidad de Columbia Británica.

Notas:

1 PNUMA (2011) y Banco Mundial (2015).

2 Credit Suisse/World Wildlife Fund/McKinsey & Company (2014), pág. 16.

3 Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (1987), pág. 155.

4 Véase, por ejemplo, Firn (2003) y Burtis (2008).

5 Parker et al. (2012)

6 McNeely (1988) y McNeely et al. (1990)

7 Eliasch (2018).

8 Hamrick/Grant (2017). Esta cifra correspondiente a 2016 excluye los ingresos del Fondo Australiano para la Reducción de Emisiones, con transacciones totales de 509,5 millones de USD. Pero no es un mercado tradicional, ya que solo existe un comprador, el gobierno australiano, que adjudica contratos de reducción de emisiones mediante subasta inversa.

9 A pesar de sus bajos ingresos, es crucial señalar que REDD no es benigno para todas las comunidades; según el proyecto, puede dar lugar al despojo de tierras y a un mayor afianzamiento de las desigualdades sociales. Para una visión general, véase Holmes/Cavanagh (2016). Otro documento académico de reciente publicación resume que los proyectos REDD+ han enfrentado problemas de “tenencia insegura de la tierra, captura de incentivos de las élites, problemas de cohesión entre los receptores de pagos y los beneficiarios de los servicios ecosistémicos, incertidumbre sobre los incentivos condicionales” (Clark et al. (2018), pág. 341).

10 Dempsey/Suárez (2016). Véase también Clarke et al. (2018).

11 Clarke et al. (2018), pág. 338.

12 Conservation Finance Alliance (2014), pág. 4.

13 NatureVest/EKO Asset Management Partners (2014), pág. 12.

14 Dempsey/Suárez (2016).

15 Parker et al.(2012), pág. 109.

16 NatureVest/EKO Asset Management Partners (2014).

17 Foro Económico Mundial (2017), pág. 4.

18 La venta de la naturaleza para salvarla es un concepto utilizado por primera vez por McAfee (1999).

19 Para una visión general del concepto, véase Warlenius et al. (2015).

20 Dawson (2016), pág. 91.

21 Haraway (2015), pág. 160.

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